El
asesino suspiró mientras contemplaba los restos del ejército de la casa
Ithilnaur. Era difícil juzgar cual había sido la causa de semejante derrota.
Prácticamente
todas las tropas habían sido aniquiladas. Desde su escondite entre la maleza
del bosque tenebroso el elfo oscuro observaba como los últimos supervivientes
eran ajusticiados sin piedad por los guerreros enanos, que de manera metódica
comprobaban todos los cuerpos caídos.
Un
sentimiento extraño le invadía, uno al cual no estaba acostumbrado. Sin duda no
se trataba de lástima o de tristeza, ya que tales sentimientos están reservados
para criaturas inferiores, nunca para un devoto servidor del culto a Khaine.
Tras meditar durante unos minutos, mientras en el aire se seguían oyendo,
aunque cada vez con menos frecuencia, los gritos de los moribundos, decidió que
lo que sentía era vergüenza. Vergüenza por la derrota sufrida a manos de esas
infectas criaturas achaparradas y
cobardes, y vergüenza porque su general no hubiera sido capaz de guiarles hasta
una victoria aplastante sobre esos seres mediocres y paticortos.
Si,
definitivamente sentía vergüenza, vergüenza pero sobretodo odio, odiaba a esos
malditos enanos por su atrevimiento al derrotar a las tropas Druchii, odiaba a
los soldados Druchii por haberse dejado vencer por unos soldados inferiores, y
se odiaba a si mismo por no haver podido evitarlo.
Malekith
lo havia enviado en esta misión a él, Levorass Ennoreth, uno de los más hábiles
discípulos de Shadowblade, para asegurar el triunfo de la casa Ithilnaur. Más
allá de las victorias obtenidas en estas tierras perdidas la casa Ithilnaur tenía
un prometedor futuro por delante, siempre que su heredero, el príncipe Khoril lograra
regresar victorioso. De lo contrario los largamente tejidos planos de Malekith,
monarca supremo de los elfos oscuros, se verían afectados.
Pero
ahora todo estaba perdido, ese incompetente príncipe malcriado había malgastado
las tropas de su casa y ahora mismo debía yacer tirado muerto o moribundo junto
al resto de los soldados.
Tras
quitarse de su cabeza estos pensamientos derrotistas. Levorass comenzó a
planear su largo regreso a Naggarithe.
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Torrek
Mazocalmo continuó avanzando por el campo de batalla. El sol, que hasta hacia
poco, lo inundaba todo con su luz, prácticamente había desaparecido, haciendo
su tarea, si cabe, aún más pesada. Esta tarea, aunque ingrata, era necesaria.
Alguien debía comprobar que todos esos bastardos traicioneros estaban muertos,
ya que sino cualquiera de ellos podría atacar las cercanas granjas enanas o
seguirles hasta llegar a las puertas de su mina fortaleza, y quien sabe, si con
suerte, descubrir como infiltrarse. Por ese motivo, su líder Ungrim Zanja
Agravios, siempre insistía en asegurarse que los caídos en la batalla estaban
bien muertos. Esta vez le habían encargado este trabajo a Torrek y a otros diez
guerreros, quienes lo realizaban de manera diligente.
Tras
algo más de media hora de inspección habían descubierto a media docena de elfos
moribundos a los que habían concedido (inmerecidamente, desde su punto de
vista), el consuelo de una muerte rápida, así como a dos elfos ocultos tras
unos cadáveres intentando pasar ellos mismos por soldados muertos. Como muestra
de la generosidad enana les dieron el mismo tratamiento que a sus compañeros
heridos.
A
apenas una veintena de metros de donde se encontraba, Torrek vio a sus primos
segundos por parte materna, Kerlan y Derlan apartar sin demasiados miramiento
los cadáveres de varios lanceros. Para ello empleaban los mangos de sus grandes
hachas de batalla. De pronto, Torrek vio algo que le hizo sospechar, uno de los
lanceros vestía, debajo de la túnica purpúrea, una elaborada armadura de acero
bruñido con filigranas de oro y plata. Era imposible que perteneciera a un
soldado raso.
Antes
de que tuviera tiempo de advertir a sus parientes vio como una larga espada curvada
atravesaba al más joven de los hermanos, seccionándole todo el costado
izquierdo de un solo tajo. Kerlan apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de
seguir la suerte de su hermano. El elfo oscuro se alzó de improviso y arrebatándole
el hacha al moribundo Derlan la empleó para cortarle la cabeza al otro enano
sin perder ni un solo segundo. Hecho esto, se giró desafiante hacia él.
Torrek
lanzó una maldición y, sin dejar de pensar ni un solo instante en el destino de
sus primos, sacó la pistola que llevaba en el cinto dispuesto a dar la alarma.
Su
sorpresa fue tremenda cuando, al alzar la mano, se dio cuenta que esta no era
más que un muñón seccionado del que manaba un rio de sangre. Intentó gritar,
pero se dio cuenta, de que no podía, y notó, casi en el límite de la conciencia
que su camisa se estaba empapando de un líquido espeso y caliente.
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Levorass
soltó el cuerpo del enano, muerto antes de tocar el suelo e hizo una señal con
las manos a su señor. Este se la devolvió empleando el código secreto de la familia
Ithilnaur. Tras limpiar su espada corta con la barba del enano se reunió con su
príncipe, y sin mediar ninguna palabra emprendieron la huida del campo de
batalla.
Al
cabo de unas horas, mientras subían por las escarpadas laderas que conducían a
las montañas de la locura Levorass se permitió sonreír para sí mismo y pensar
en el giro que habían tomado los acontecimientos en tan poco tiempo.
Sin
duda, se dijo el asesino, las tornas estaban cambiando, debía ser una señal del
destino que Kheril hubiera sobrevivido y que les hubiera sido posible escapar
de los odiosos enanos. Esto era un signo inequívoco de que Khaine velaba por
ellos, y que por tanto, su victoria era ineludible.
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